Sobre la adaptación

 

Una vez me dijeron que para llevar a cabo cualquiera de las múltiples actividades que se dan dentro del mundo del arte escénico, ya sea para realizar una labor de interpretación, dirección, escenografía, iluminación…, el primer requisito era la difícil pero apasionante tarea de intentar introducirse en la mente del autor mientras llevaba a cabo el proceso de plasmar en palabras y situaciones ese mundo al que soñaba que alguna vez pudiera insuflársele vida. Creo que si el concepto “mente del autor” se amplía a latidos del autor, flujos del autor, dudas del autor, ilusiones e incluso soberbia del autor, nos iremos acercando y participando en su motor creativo hasta llegar a un acto, si no de identificación, sí de fusión.

He llegado a descubrir que este modo de empatía posee el impagable poder de diversificar la mente, de ampliar la concepción del mundo, de conseguir el milagro de que dos autores construyamos en una misma dirección aun con dos pares de ojos distintos. Me he atrevido a sentarme en la silla de Dürrenmatt y me he puesto a escribir por primera vez, desde mi visión personal pero con él, lo que él escribió e inventó hace más de medio siglo, un par de años antes de que a mis padres se les ocurriera gestarme o se encontraran con la sorpresa de lo que parecía inevitable, eso nunca se sabe.

Es por ello que no se trata de una revisión, ni siquiera sólo una versión personal. Me he encontrado con la suerte de que en este proyecto se barajara la posibilidad de convertir un medio en otro, de volcar un cuento en función dramática, siendo además el cuento de un dramaturgo, que pese a plasmarlo en narrativa debió soñarlo en clave de personajes escénicos, porque a partir de él construyó su primer guión televisivo.

LA AVERÍA trata de aquello que nos ha de suceder en una encrucijada si se produce en un momento decisivo, que curiosamente no se sabe cuál es, y puede pertenecer desde el mundo del azar hasta el mundo de lo inevitable. Porque no es una avería sino la Avería, y no permite vuelta atrás. En un cruce de caminos se encontró Edipo con su padre Layo, en el cruce hacia Damasco una luz poderosa tiró a Saulo del caballo y vino a convertirlo en Pablo –lo cual puede que no fuera una suerte para nosotros-, en los cruces sin señalizar nos vemos obligados a la dura obligación de tomar decisiones que serán irrevocables. Ese es el dedo que toca la cosquilla de la tragedia, que convierte a las víctimas en héroes y a los héroes en seres vulnerables, a los santos en pecadores y a los pecadores en animales merecedores de piedad, que es lo mínimo a lo que estamos obligados si tenemos un mínimo de… ¿qué?.

Un cuento moral, una función moral, ¿por qué no? ¿Tan anquilosados estamos que usamos siempre la trampa de identificar moral con moralina? Desconfiamos de la Ley, así que no juzgamos a nuestros personajes, pero queremos servirnos de sus pobres pasiones y de sus vidas tan complejas, desdichadas y felices como las de todos para juzgar, según un concepto de justicia, a los que vamos a construir la función y a los que van a recibirla. El teatro no tiene por qué ser obligatoriamente un confesionario ni un tribunal, pero por qué no un territorio en que los unos hablemos en serio con los otros, con la poca costumbre que tenemos ya de hacerlo.

Parecía complejo sacar de un cuento relativamente breve una función. Nos encontramos en seguida con que, muy al contrario, contenía multitud de funciones, y tachando y tachando hemos llegado a ir eligiendo una, la que creíamos mejor, más honrada, la que podía llegar a conseguir sugerir esas otras innumerables que alberga en la trastienda.

Fernando Sansegundo