Prólogo

 

La lengua en pedazos es un combate entre un guardián de la Iglesia y una monja desobediente llamada Teresa de Jesús. La pelea tiene lugar en la cocina del convento.
Allí, entre pucheros, anda Dios.

Así empezó todo…

Este proyecto arrancó a partir de la natural tentación del autor dramático -en este caso, Juan Mayorga- de ver a sus personajes y su historia cobrar vida más allá del papel; convertirse en carne y hueso ante él; y también por él, bajo su batuta. “La lengua en pedazos” supuso para él el texto más inspirador de cuantos había escrito para convertir en realidad esta idea. Así, a finales de 2010, y tras ver a Clara Sanchis en el papel de la madura Julieta propuesta por José Sanchis Sinisterra en el montaje representado en el Teatro Español “Próspero sueña a Julieta”, encontró la actriz perfecta para encarnar a su particular visión de Santa Teresa de Jesús. Pedro Miguel Martínez se configuró, paralelamente, como el inquisidor ideal para este duelo escénico.

A principios del presente año se comenzaron unos encuentros para “poner en pie el texto” en lo que se configuraba como una labor de investigación y experimientación en la que la representación de la obra sirve para retocarla, pulirla, modificarla… en definitiva, enriquecerla para el escenario. Estos encuentros de investigación y reescritura acabaron convirtiéndose en ensayos teatrales, y el escritor, en director. Esta evolución supuso empezar a pensar en “La lengua en pedazos” como la producción teatral en firme que es en la actualidad. Y en la primera dirección de Juan Mayorga.

¿Por que?

ESPIRITUALIDAD Y SUBVERSIÓN

“La singularidad es subversiva”, decía Edmond Jabès. Recuerdo esas palabras cada vez que pienso en Teresa de Jesús. Nos han acostumbrado a verla como centinela de un cierto orden, pero basta abrir sus escritos y recordar el modo en que levantó sus fundaciones para reconocer en ella a una insurrecta.

Teresa, un cuerpo frágil y una voluntad férrea, es un personaje tan fascinante y complejo como el mundo en que vivió. La España del XVI fue rica en hombres y mujeres capaces de empresas que hoy nos producen vértigo. Mas en esa misma España se llamaba “perro” al converso, como lo era el abuelo de Teresa, y resultaba sospechosa una mujer que escribía -y más si escribía con la imaginación y la inteligencia de Teresa-. Mujer contemplativa y mujer de acción, no hay en Teresa brecha entre la visionaria y la fundadora de monasterios. En Teresa la oración es acción, y cada acto es un modo de orar. Ambos están atravesados por el amor. Y ese amor hace de Teresa una subversiva que desestabiliza espíritus, pone en crisis instituciones y divide sociedades. Teresa se nos aparece como personaje a contracorriente, intempestivo en su propio tiempo y en el nuestro. Por eso mismo es Teresa necesaria. Su interés -¿hace falta decirlo?- no depende de la creencia. Como Francisco Brines sobre Juan de la Cruz, pienso sobre Teresa que un ateo, aunque no crea en su mística, puede sentirse fascinado por el ser humano que se apoya en ella. Y puede y debe sentirse interpelado por ese ser humano –al fin siempre será menos importante lo que nosotros podamos decir sobre Teresa que lo que Teresa puede decir sobre nosotros-. En todo caso, para dejarse arrastrar hacia Teresa es suficiente leerla y advertir lo mucho que le debe nuestra lengua y, por tanto, lo mucho que le adeuda nuestra experiencia del mundo.

Sólo nuestros mayores poetas han sometido a tan extrema tensión la lengua castellana, sólo ellos han abierto para nosotros territorios como los que conquistó aquella mujer dueña de una palabra igual de poderosa cuando pinta las criaturas celestiales que cuando habla de las gentes. Ganar para el teatro esa palabra y el personaje que la acuñó fue mi primer objetivo en La lengua en pedazos. Me propuse arraigar palabra y personaje en una situación ficticia pero verosímil en cuyo centro estuviese la grave decisión tomada por la todavía monja de la Encarnación de abrir, con gran riesgo para si y para las que la seguían, el monasterio de San José: la primera de sus fundaciones. Entonces apareció, en mi fantasía, el Inquisidor. Que fue creciendo hasta convertirse en el otro de Teresa, su doble: aquél con quien ella estaba a destinada a encontrarse y a medirse. El Inquisidor acorrala a la monja con incómodas preguntas, la enfrenta a momentos de su vida que acaso ella querría olvidar y prende en su corazón la duda, que, como todo en Teresa, es un incendio. Y poco a poco, en el diálogo entre ambos personajes va apareciendo un tercero: la lengua misma, que transforma vidas y hace y deshace mundos. La lengua en pedazos es, además de mi último texto para el teatro, el primero que llevo a escena como director. No me hubiera atrevido a ello de no haber contado con la complicidad de dos actores magníficos: Clara Sanchis y Pedro Miguel Martínez. En diálogo con ambos, a pie de ensayo, he escrito y reescrito esta pieza. En diálogo también con la excepcional mirada de Alejandro Andujar, y siempre con la impagable ayuda de Ana Belén Santiago. Los cuatro hemos hecho compañía. La llamamos La loca de la casa, que es como Teresa llamaba a la imaginación.

Entre todos hemos levantado La lengua en pedazos: un combate entre un guardián de la Iglesia y una monja desobediente. La pelea tiene lugar en la cocina del convento. Allí, entre pucheros, anda Dios.

Juan Mayorga