Prólogo

 

Bailén y Waterloo -que han tomado esos nombres de derrotas napoléonicas- reconstruyen ante un muchacho el gran duelo de Reikiavik: el campeonato del mundo de ajedrez que allí disputaron, en plena Guerra Fría, el soviético Boris Spasski y el estadounidense Bobby Fischer.

Bailén y Waterloo representan no sólo a Boris y a Bobby, sino también a muchos otros que movieron piezas en aquel tablero.

No es la primera vez que Waterloo y Bailén hacen algo así, pero nunca lo habían hecho con tanta pasión. Porque lo que hoy buscan ante ese muchacho extraviado no es sólo comprender por fin qué sucedió realmente en Reikiavik, qué estaba realmente en juego en Reikiavik, quiénes eran realmente aquellos hombres que se midieron en Reikiavik. Hoy, además, Waterloo y Bailén buscan un heredero.

Reikiavik es una obra sobre la Guerra Fría, sobre el comunismo, sobre el capitalismo, sobre el ajedrez, sobre el juego teatral y sobre hombres que viven las vidas de otros. Y es una obra sobre seres que me son más misteriosos cuanto más de cerca los miro.

Tan misteriosos me resultan que, después de haber llevado a escena La lengua en pedazos –otra pieza sobre la santidad, la locura y el sentido de la vida-, sé que es Reikiavik la obra que necesito dirigir.

Quiénes son Bobby Fischer y Boris Spasski. Quiénes son Bailén y Waterloo. Necesito saberlo.

Juan Mayorga